Desde el Centro

Por Christian Santacruz Montealegre

Es muy común que el presidente López Obrador exprese en sus mañaneras que él ejerce su libertad de expresión, que como cualquier ciudadano hace valer su prerrogativa reconocida por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. De tal forma, y escudándose en esa libertad que el presidente de México se siente con todo el derecho de ejercer su libertades, y a bocajarro expresa lo que cree que es conveniente. Pero ¿qué creé estimado lector? López Obrador no es cualquier ciudadano.

En poco más de dos ocasiones hemos escuchado salir de su ronco pecho “que se vayan al carajo”, viniendo de cualquier persona no significa nada más que un mero insulto derivado de actos desesperados. Pero viniendo del presidente su significado toma importancia. 

Algo que no ha entendido López Obrador, es que él en este momento representa al estado mexicano, el presidente de México es el jefe de estado, por lo cual ejerce las funciones de representación del estado. De tal manera que cuando él se expresa, lo hace en calidad de representante de las mexicanas y los mexicanos en su calidad de población que conforma a la nación mexicana. Por tal motivo, deja de representar a los que votaron y ahora están arrepentidos y a los que no votaron por él. No le queda claro que tiene que gobernar para todas y todos los mexicanos, sin distinciones y sobre todo sin alterar la cohesión social.Sin embargo, con esas expresiones, no sólo altera, rompe la armonía que debiera estar construyendo entre todos sus gobernados. 

Cuando el presidente de México se expresa, se hace sentir el poder del estado, por tal motivo que cuando López Obrador se manifiesta, lo hace de manera violenta sobre aquellos que no coinciden con sus formas, o sus propuestas. De tal forma, que ejerce un tipo de violencia sobre la cohesión social y sobre las y los mexicanos.

La ley mexicana es muy clara, a diferencia de los gobernados, la autoridad – quien ostenta el poder público- solo puede hacer lo que la ley le autorice, en tanto que los gobernados, están en libertad de realizar no sólo todo aquello que la ley les permita, también lo que no les prohíba. Por lo anteriormente señalado, la ley no establece que el gobernante en turno pueda romper la cohesión social. Incluso la ley mexicana establece que el estado debe fomentar la libertad en sus ciudadanos. 

Para pronto, el estado no puede estar por encima de la nación, y los mexicanos constituyen la nación. Por todo lo anterior, cuando López Obrador actúa, lo hace en calidad de jefe de estado, y cuando este insulta o manda al carajo a las mexicanas y mexicanos que no coinciden con él, está atentando contra la nación. 

Por tal motivo, cuando López Obrador hace uso de su llamada libertad de expresión, pero fustigando a quienes difieren con él, lo hace atentado contra las libertades de los ciudadanos, a quienes no se les impide su expresión, cosa contraria a quien ostenta el poder. De tal forma, que el poder del estado se impone ante las libertades de las y los mexicanos. Por ello, mandar al carajo a quienes piensen diferente, haciendo uso de la tribuna presidencial, hace sentir el verdadero poder del carajo, dotándole a la palabra una relevancia que la vuelve preocupante.